Imaginemos por un momento al buen Felipillo, sentando en el panel del Talk Show de la tarde, ante la mirada iracunda del público-jurado, y a la espera de la presentación de pruebas del otro panelista: el buen Manuelito, quien perjurará por todos los santos, sentirse traicionado y robado por el presunto culpable. Mientras tanto la juez-conductora, mirará de manera desaprobatoria al acusado, y mandará a corte comercial. Y así entre anuncio y anuncio, digo porque hay que hacerla cardiaca, la juez-conductora: llámela Laura, Niurka o Rocío, da igual, logrará en unos cuantos minutos, resolver el conflicto, antes de que termine la emisión de su programa. Así de manera casi mágica, desaparecerá todo tipo de contrariedad: moral, ética, política o jurídica de los panelistas. Algo que nuestra sociedad y nuestras instituciones ha soñado por años: justicia pronta y expedita. Entonces veríamos a un Felipillo todo sumiso y arrepentido, perjurando que él no quería hacerle daño a Manuelito, que lo quiere y que significa mucho para él, y que se siente apenado por todo el daño que le causo: prometería no volver a tomar su presidencia sin permiso, ni a hacer una campaña de desprestigio en los medios, a su vez Manuelito prometería no hacer otro plantón y ser más comprensivo con las demandas y los desafueros en su contra. Llegaríamos al clímax de nuestra emisión imaginaría, y quizá sea el momento idóneo para que nuestro público-jurado imaginario se apiade del Felipillo, y vea, y piense y crea, que el malo no es tan malo, y el bueno no puede ser malo. Y así el nuestro Manuelito, conmovido hasta las lágrimas, lo perdonará. Se abrazarán y besarán ante la mirada satisfecha del público-jurado y de la juez-conductora, quien aprovechará para decirnos la importancia de la amistad, el amor y el perdón. Y mientras los créditos aparecen en pantalla, la juez-conductora nos adelantará el tema de mañana: ¿Quién es más guapo: Ebrad o Enriquito? Sintonícenos para saber la verdad. Los televidentes imaginarios -porque también los había-, entrarán en polémica y esperarán ansiosos la próxima emisión. Y así será día tras día, semana tras semana, sexenio tras sexenio, hasta el fin de nuestros días, en nuestro relato imaginario.
El público-jurado será desalojado con prontitud del estudio de televisión con la convicción que se ha impartido justicia, pronta y expedita, pero sobre todo, saldrán orgullosos de haber sido participes de ella: con sus gritos, insultos, y comentarios. Tras bambalinas, los dos panelistas se felicitarán mutuamente por sus habilidades histriónicas, se darán una palmada en la espalda, quizá haya una invitación a comer, se preguntarán por sus familias, y la juez-conductora, inmutable, sonreirá satisfecha por la gran labor que acaba de realizar: llevar el rating por los cielos. Los tres se fundirán en un abrazo, y prometerán volver a verse, se dirigirán a la salida, obviamente por separado, para que nadie los vea juntos. Al final se apagarán las luces, el estudio quedará a oscuras y en silencio.
Tras imaginarnos esta escena, sólo me queda una extraña sensación de sentirme inmiscuido de manera involuntaria en el gran Reality Show de nuestro tiempo: la política mexicana. Y si no lo creen, escruten el impresionante despliegue mediático, para la cobertura de la boda de Peña Nieto; y en contraste, la casi nula atención de los mismos medios sobre los feminicios en el Estado de México, que rondan los mil homicidios dolosos en los últimos 5 años, principalmente en Ecatepec, Nezahualcóyotl, Tlalnepantla, Toluca, Chimalhuacán, Naucalpan, Tultitlán e Ixtapaluca. Puede haber muchas respuestas a esta supuesta indiferencia de las mass medias: 1.- Los feminicios no generan rating: de plano, a grandes sectores de la población: a) no le interesa b) no cree que deba interesarle y c) ¿Eso a mí qué?; y 2.- Bisnes son Bisnes: hace tiempo que se gestó una simbiosis entre Peña y Televisa. Y entonces queda uno frente al televisor, después de recetarse por las pupilas y las trompas de Eustaquio todos los Talk show de la tarde, con la torcida idea de que se ha impartido justicia de alguna manera. Ya lo recita la clase política: más circo y menos pan, para un pueblo que se ha condenado a sí mismo, por lo que sus ojos y odios, ven y escuchan.
Luis Martínez Vázquez.