miércoles, 2 de febrero de 2011

Los Talk Show: justicia pronta y expedita.

Imaginemos por un momento al buen Felipillo, sentando en el panel del Talk Show de la tarde, ante la mirada iracunda del público-jurado,  y a la espera de la presentación de pruebas del otro panelista: el buen Manuelito,  quien perjurará por todos los santos, sentirse traicionado y robado por el presunto culpable. Mientras tanto la juez-conductora, mirará de manera desaprobatoria al acusado, y mandará a corte comercial. Y así entre anuncio y anuncio, digo porque hay que hacerla cardiaca, la juez-conductora: llámela Laura, Niurka o Rocío, da igual, logrará en unos cuantos minutos, resolver el conflicto, antes de que termine la emisión de su programa. Así de manera casi mágica, desaparecerá  todo tipo de contrariedad: moral, ética, política o jurídica de los panelistas. Algo que nuestra sociedad y nuestras instituciones ha soñado por años: justicia pronta y expedita. Entonces veríamos a un Felipillo todo sumiso y arrepentido, perjurando que él no quería hacerle daño a Manuelito, que lo quiere y que significa mucho para él, y que se siente apenado por todo el daño que le causo: prometería no volver a tomar su presidencia sin permiso, ni a hacer una campaña de desprestigio en los medios, a su vez Manuelito prometería no hacer otro plantón y ser más comprensivo con las demandas y los desafueros en su contra. Llegaríamos al clímax de nuestra emisión imaginaría, y quizá sea el momento idóneo para que nuestro público-jurado imaginario se apiade del Felipillo, y vea, y piense y crea,  que el malo no es tan malo, y el bueno no puede ser malo. Y así el nuestro Manuelito, conmovido hasta las lágrimas, lo perdonará. Se abrazarán y besarán ante la mirada satisfecha del público-jurado y de la juez-conductora, quien aprovechará para decirnos la importancia de la amistad, el amor y el perdón. Y mientras los créditos aparecen en pantalla, la juez-conductora nos adelantará el tema de mañana: ¿Quién es más guapo: Ebrad o Enriquito? Sintonícenos para saber la verdad. Los televidentes imaginarios -porque también los había-, entrarán en polémica y esperarán ansiosos la próxima emisión. Y así será día tras día, semana tras semana, sexenio tras sexenio, hasta el fin de nuestros días,  en nuestro relato imaginario.
El público-jurado será desalojado con prontitud del estudio de televisión con la convicción que se ha impartido justicia, pronta y expedita, pero sobre todo, saldrán orgullosos de haber sido participes de ella: con sus gritos, insultos, y comentarios. Tras bambalinas, los dos panelistas se felicitarán mutuamente por sus habilidades histriónicas, se darán una palmada en la espalda, quizá haya una invitación a comer, se preguntarán por sus familias, y la juez-conductora, inmutable, sonreirá satisfecha por la gran labor que acaba de realizar: llevar el rating por los cielos. Los tres se fundirán en un abrazo, y prometerán volver a verse, se dirigirán a la salida, obviamente por separado, para que nadie los vea juntos. Al final se apagarán las luces, el estudio quedará a oscuras y en silencio.
Tras imaginarnos esta escena, sólo me queda una extraña sensación de sentirme inmiscuido de manera involuntaria en el gran Reality Show de nuestro tiempo: la política mexicana. Y si no lo  creen, escruten el impresionante despliegue mediático, para la cobertura de la boda de Peña Nieto;  y en contraste, la casi nula atención de los mismos medios sobre los feminicios en el Estado de México, que rondan los mil homicidios dolosos en los últimos 5 años, principalmente en Ecatepec, Nezahualcóyotl, Tlalnepantla, Toluca, Chimalhuacán, Naucalpan, Tultitlán e Ixtapaluca. Puede haber muchas respuestas a esta supuesta indiferencia de las mass medias: 1.- Los feminicios no generan rating: de plano, a grandes sectores de la población: a) no le interesa b) no cree que deba interesarle y c) ¿Eso a mí qué?; y  2.- Bisnes son Bisnes: hace tiempo que se gestó una simbiosis entre Peña y Televisa.  Y entonces queda uno frente al televisor, después de recetarse por las pupilas y las trompas de Eustaquio todos los Talk show de la tarde, con la torcida idea de que se ha impartido justicia de alguna manera. Ya lo recita la clase política: más circo y menos pan, para un pueblo que se ha condenado a sí mismo, por lo que sus ojos y odios, ven y escuchan.  

                                                                                                 Luis Martínez Vázquez.

sábado, 29 de enero de 2011

The New Mexican Dream

A mediados del siglo pasado, por ahí entre los cincuenta y los sesenta, nuestros padres emigraron de la penuria del campo a la ciudad, en busca de oportunidades laborales, y desde luego económicas. De ingresos bajos, pasaron a formar parte de un naciente sector de la población: los asalariados. Ya asentados, tiempo después, y con un ingreso fijo, como obreros o empleados, contaron además con prestaciones sociales como salud y vivienda, un IMSS en expansión y un Infonavit en pleno surgimiento. Pero en tan sólo unas décadas el llamado “Milagro mexicano llegaría a su fin.
El sueño había terminado, y el despertar fue abrupto. Sin embargo nuestros progenitores lograron aferrarse a los logros alcanzados: algún departamento de interés social o crédito para vivienda, en las hoy sobre pobladas unidades habitacionales; trabajo seguro; un salario moderado; y eso sí, hartos hijos, con una tasa de crecimiento del 3% anual entre 1940-1980.  Y como era de esperarse, nuestros padres creyeron de manera ferviente que la educación era el camino al paraíso social: económico y de status. Digo, inculcarle a la población durante décadas,  la creencia de que todos los priistas, del chalan hasta el diputado, eran licenciados no fue algo fortuito. Ese era el camino, y ni modo, que los chamacos se quemen las pestañas, que aquí esta uno para sustentarlos y comprarles sus libros. Y ahí tienen enviando a los chavales a instruirse a las prepas, vocacionales, CCHs, o ya de perdis un Cetis, el chiste era obtener la visa para la tierra prometida: las universidades. Y uno pues, inocente en este rollo, pues hasta creyó que estábamos a punto de alcanzar el anhelado sueño mexicano, el ser parte del selecto grupo de los profesionistas. Aunque hoy en día, haciendo un concienzudo y sincero examen de conciencia, no era nuestro sueño o idealización, sino el de nuestros progenitores.
Entonces la cosa se puso dura. Crisis tras crisis, económicas y morales, fueron deteriorando el de por si maltrecho mercado laboral, que se saturó en tan sólo unos años. Miles de profesionistas fueron engrosando las filas del desempleo, el subempleo o el autoempleo. Y en el peor de los casos, fueron presas de los bajos salarios, o de los contratos que imposibilitan la antigüedad laboral, las prestaciones sociales, y que además los mantienen con la incertidumbre, de caer nuevamente en las fauces de la desocupación laboral. Pero ahí no acaba la cosa. Un viejo problema social, vino a ensombrecer casi todas nuestras actividades diarias: el narcotráfico.
Y es que no sólo se trata de un problema de seguridad social o de salud, que ya de por si no era muy segura ni muy sana; o de los miles de muertos que se han sumado hasta el día de hoy, por ahí pasando los treinta mil; o del éxodo de pueblos fronterizos, por la lucha del territorio; o de los miles de huérfanos que han generado estas masacres; y ya ni digamos la psicosis y la paranoia social que se ha creado a raíz de las ejecuciones extremadamente sanguinarias, para amedrentar a las bandas rivales, digo uno espera salir de casa y no encontrar a la puerta una cabeza, una pierna o algo así. Hablamos, tristemente, de la instauración de todo un estilo de vida, a través de videos, fotos, música, blogs, o libros, de la industria más prolífica de nuestro país: la cultura del narco.
Un nuevo sueño se empieza a gestar en miles de niños, jóvenes, y adultos, no sólo expuestos a la miseria, bajos salarios, desempleo, o la desesperación, sin ningún chance a lo mejor de hacerla en otros menesteres.  Sino por el contrario, habló de aquellos sectores de nuestra compleja clase media. Quienes fascinados por los lujos y excesos -camionetas, dinero, casas, mujeres, joyas, tecnología, harto poder-, miran con admiración y envidia el mundo del narco. Bajo la salvaguarda de que es preferible vivir así unos años, y blandir todo a sus pies, que sobrevivir al día, con unos cuantos pesos.
Esto nos deja un panorama desolador, dejó de ser una idealización, un sueño para volcarse como una posibilidad real. Largas filas de niños, jóvenes y adultos, van alineándose al narco, en busca de aquella oportunidad, que pueda darle ese vuelco a su vida, y que en muchas ocasiones, no sólo se trata del dinero o del poder, en toda la extensión de la palabra, sino también en la búsqueda de algo parecido al status -no hay nada más respetable que una decena de sujetos, con rifles M1 apuntándote a la cabeza-. El narcotráfico también les brinda un status social, una rara mezcla entre respeto y miedo por parte de muchas esferas sociales. Así que no esperemos el final de esta supuesta lucha contra los cárteles de la droga, en los próximos años, o sexenios. La idealización de ser sicario, capo, o el jefe de jefes, forma parte ya, del imaginario social de las últimas dos generaciones, y que como todas las anteriores tienen aspiraciones, sueños. Y sin temor a exagerar, el narcotráfico ha pasado a formar parte de nuestro bagaje cultural. 
                                                                                                            Luis Martínez Vázquez.


lunes, 24 de enero de 2011

¿Quién mató a Marcos?

No daba crédito a mis ojos soñolientos. Es un mal sueño, me dije para convencerme de que la figura que veía frente al trajeado conductor del noticiero de la mañana, tenía pasamontañas, algo que parecía un traje militar, y tenía una pipa en la boca. Aquel personaje se parecía a Marcos, actuaba como Marcos, hablaba como Marcos: ¡Era Marcos! Ahora sí, salté de la cama como si estuviera electrificada, lleno de asombro, le subí el volumen al televisor.
Llegue a creer, iluso de mi,  como mero acto reflejo de sobrevivencia intelectual, que mi mente me jugaba una mala pasada. No fortuita,  ya que había pasado la última semana leyendo noticias, ensayos, artículos, notas de periódicos, páginas Web, y en fin, todo lo que encontraba a mi paso acerca del autodenominado “Delegado Zero”, “La otra Campaña” y, de los últimos hechos violentos que habían acontecido en la población de Atenco, tras la captura de Ignacio del Valle. Quizá verlo ahí sentado, al Sub,  en ese foro de televisión era una alucinación o  especie de delirio por tanta información que había leído. Era una posibilidad, la otra era que en realidad él estuviera ahí.
Incluso la negación hizo lo suyo: ¡No, cómo paso a creer que es él, ahí en Televisa… él nunca haría eso… él no…  lo estoy soñando! Me acodé de nuevo en la almohada y cerré los ojos, convencido que sólo estaba alucinando, cuando escuché nítidamente en la voz del conductor: “Al regresar, una entrevista con el subcomandante Marcos vocero del EZLN, regresamos”. Ya no podía seguir negándolo, era él, me dije con desolación: Marcos el guerrillero, el rebelde, el insurgente.
 Me sacudí el letargo y el asombro, me tallé los ojos y me acerqué al televisor a esperar a que terminara el larguísimo corte comercial. Y sí, ahí estaba, como lo había visto en cientos de fotografías, documentales o noticias; en mítines frente a miles de personas,  levantando su brazo y haciendo la “V” de la victoria. Era el mismo que conocí cuatro años atrás en la UAM Xochimilco, cuando era estudiante de psicología, y no formaba parte del selecto grupo de desempleados.  
 Marcos, el guerrillero encapuchado más conocido de todos los tiempos (después del Santo y Batman desde luego); el escritor y el contenido de notas; el poeta y musa; el genio estratega de los medios; el sin rostro y todos somos marcos; el sub, el delegado Zero, o  Sebastián Guillen; el héroe, el no-indígena, el protagonista; el icono de lucha de cegeacheros y atenquenses;  el Che a la  mexicana con su inseparable diadema de comunicaciones y de pipa en boca; el Lucio Cabañas de los noventas;  el bromista, el serio; el misterio, el metrosexual de las mujeres intelectuales, y no tan intelectuales; el número uno en el Top Ten de los insurrectos mexicanos, o simplemente Marcos: la leyenda. El hombre preciso de palabra oportuna; de frases memorables; “el para todos todo nada para nosotros”; el geógrafo que ubicó en el mapa del mundo a Chiapas y San Cristóbal; el historiador que sintetizó quinientos años en cuatro letras “EZLN”; el etnólogo que se hizo indígena y renació en la Selva Lacandona; el guerrillero que cimbró a un país entero bajo los efectos de un partido-dictadura; el intelectual que le dio vida a las ideas y la utopía.
Me acerqué tanto como pude a la pantalla. Seguía atónito ante un Marcos con marcados acentos de envejecimiento, con el tiempo a cuestas en sus ojos, en sus manos, en su vientre, en sus palabras, en sus respuestas.  Asechado por un conductor de televisión que tiraba preguntas a quema ropa. Aquello más que entrevista parecía un juicio sumario por delitos de subversión o terrorismo. Ante un Marcos con un discurso desgastado, repetitivo, marchito.  
Entre los cortes comerciales pedí a todos los santos subversivos, desde Zapata hasta el Che,  que Marcos se defendiera ante el embate. Pero no, todo quedo ahí. Al final sólo un hombre sorprendido con la guardia baja, aceptando a regañadientes el paso del tiempo, lo gastado de su lucha, el descenso de su raiting. Reconociendo que miles de seguidores ahora hacían fila para otro show, otro espectáculo: el de la pura nostalgia intelectual.
 Un Marcos que no fue derrotado por el Ejercito, ni por el Gobierno local o Federal; que no fue derrotado por un López Obrador con delirio de persecución o un Calderón Hinojosa con complejo de grandeza; o un Roberto Madrazo en pleno Edipo; no fue vencido por un PRI vejestorio o un PAN doble moral o un PRD populachero. No, Marcos no fue asesinado por una bala, o un AK-47, ni por un soldado o un general; ni mucho menos por un Salinas autoexiliado, o en huelga de hambre.
Al verlo ahí sentado buscando un tercer aire, acusando a la otra televisora de la desinformación por los hechos ocurrido en Atenco, entendí que Marcos fue derrotado y asesinado por el tiempo, él que no perdona, el que nunca se detiene. Apagué la televisión. Fui testigo del ocaso de un guerrillero, en vivo y en directo, en el reality show de nuestro tiempo: los noticieros. Un Marcos que busca irse con una gira del adiós, aunque no había necesidad de eso, él siempre fue grande. Marcos no es historia, el hizo historia. Otra ronda de nostalgia pa todos, yo invito. 


LUIS MARTÍNEZ VÁZQUEZ

sábado, 15 de enero de 2011

Los insulsos de los mass media

Cuando uno los ve en la televisión, específicamente en los noticieros más importantes, impecables de pies a cabeza, con esa actitud de entereza, seguridad, y conocimiento absoluto,  uno puede llegar a creer fielmente en sus palabras, y por supuesto en sus planteamientos, como una verdad absoluta. Líderes de opinión al fin y al cabo, que rebasan la objetividad (si es que la hay o la hubo en estas televisoras), de la nota periodística para erigirse como jueces del mundo mediático. Pequeños seres,  deseosos de darle “voz del pueblo”, o al menos lo que ellos consideran que sería el sentir de la sociedad. Volcándose en actitudes parciales y tendenciosas, amparados bajo el manto del poder, que les permite incluso, hasta leer mal, ya ni digamos escribir. Minúsculos dioses invocando el orden en el caos informativo. Y bajo esa apariencia inocua, erigen su palabra como una fuente interminable de veracidad y sapiencia. Nada más lejos de la realidad. Uno puede ver a Loret o Alatorre, interrumpir abruptamente al entrevistado: político, artista,  famoso o desconocido del momento, para cuestionarlo sin argumentos, de manera agresiva, y en la mayoría de las ocasiones, sin el menor rastro de ética. No sólo en la política hay retorica sin sentido, “hueso” y dinosaurios. Sin embargo, nos encontramos en un momento de apertura democrática en las redes sociales. Miles de escritores, columnistas, comunicadores, periodistas, poetas, cuentistas, cobran vida y significado a través del entrelazado óptico, para dejar un vestigio y prueba fehaciente de su trabajo. Y que, en la mayoría de los casos, realizan sin ninguna retribución económica, sólo por el placer de escribir. Nuestro Santo Patrono Google nos libre de los insulsos de los mass media. Amén.

                                                                                        Luis Martínez Vázquez
                                                                              

viernes, 14 de enero de 2011

Ni una muerta más: a la sombra del olvido.

Para muchos el nombre de Alma Chavira Farel, puede no significar nada. Para otros, es el nombre que encabeza una larga lista de niñas y mujeres asesinadas en Ciudad Juárez, desde 1993. Y para muchos otros, es el símbolo de la impunidad: palabra fuerte y desgastada, que retumba en la voz llena impotencia, de cientos de familiares, en espera, y eso en ciertas ocasiones, de recuperar los restos de sus muertas. La gran mayoría de los medios masivos, después de haber realizado el show pertinente, y haber explotado al máximo el tema, lo abandonan, lo dejan a la sombra del olvido: ya no es noticia hablar de mujeres asesinadas. A pesar, por ejemplo, de que el Estado de México, se archivan alrededor de 900 homicidios de mujeres, y que desde luego son asesinatos impunes. Y ni hablar del reciente homicidio de la activista Susana Chávez, a la cual se la acuño la triste frase: “Ni una muerta más”. Y que según las autoridades, fue asesinada por tres jóvenes, que había conocido en un bar ese mismo día. Lo que nos deja un panorama desolador: como aquella imagen de cruces de madera en medio del desierto. Estaría de más debatir las inconsistencias legales, jurídicas, morales y religiosas que circunscriben los feminicidios que suceden, no sólo en Ciudad Juárez, sino en todo el país. Y que más allá de la nota roja, encomiendas especiales, y del toque sentimentalista que le han dado los mass media,  es un hecho real, duro y crudo,  que en Chihuahua, en el Estado de México, en Guerrero, y en casi cualquier rincón del país,  están asesinando mujeres, bajo el cobijo de la impunidad.   Lo que quizá no deberíamos dejar de lado es el olvido al que se le condena con nuestro silencio.        

                                                                                                Luis Martínez Vázquez


jueves, 13 de enero de 2011

De la X a la Fast style of life

Los de la generación X, nos encontramos paralizados en medio de una batalla tecnológica sin igual en nuestra historia. Nos acongojamos, nos retraemos y nos asombramos. Hemos sido mudos testigos: del televisor b/n, a las pantallas en 3D; del disco de vinil y el casete, al ipod o las tablets; de los libros y la literatura, a los blog y al Facebook. En donde el mundo virtual es más que posible: es real. Y de aquella vieja Generación, tan renuente y apática de todo y de todos, los pocos sobrevivientes: a los suicidios, a los divorcios, al subempleo y a las inclemencias existenciales: o vivimos incrustados a las redes, al universo virtual de las posibilidades, o vivimos al margen de ella. Y ni hablar de la metamorfosis de la vida y del tiempo: Fast style of life, dueña de las nuevas generaciones. La prontitud, la rapidez de la comunicación, aunque ello no tenga implícito la calidad de la misma, ha permeado por completo a las sociedades. La inmediatez se ha vuelto una necesidad, una prioridad, en un mundo lleno de información vertiginosa. Contemplamos absortos, y a la vez maravillados: el pasado, el presente y el futuro, en una pantalla. Encontramos a viejos amigos atrapados en las redes, y hacemos nuevos, a través de comunidades virtuales. Nos reinventamos en un avatar, en el chat, o el perfil de nuestro blog. Envejecemos y rejuvenecemos según nuestras habilidades en nuevas redes sociales. Y sin embargo, seguimos atesorando: viejos recortes de periódicos y revistas; hartos libros; acetatos y cintas de audio, Betas y VHS en el librero, que nos recuerda a cada momento, que somos una generación privilegiada, por ser testigos de la transición tecnológica más sorprendente de los últimos años.                                                                           
                                                                                                                                             Luis Martínez Vázquez   
                                 
                                                                                                                                                 

martes, 11 de enero de 2011

Wendy Sulca: el milagro de las redes

Hace años hubiera sido imposible pensar en Internet como una alternativa real de entretenimiento. Ya sea por el costo de los equipos: el disponer de una línea telefónica y el contratar el servicio, que en su momento era monopolizado por la única compañía telefónica. Y sobre todo porque se formó la idea de que internet estaba enfocado en cierto sentido a la educación: a estudiantes, por lo que en la última década, en nuestro país proliferaron tanto los cibercafés como las tienditas en cada esquina. Sin embargo, su influencia empezó a absorber otros sectores vulnerables a sus encantos, en sí, a cualquier persona que pudiera pagar una tarifa de menos de 10 pesos por hora. Sitios como Youtube, permitieron que casi cualquier persona, con algún recurso para videograbar (en mayor medida este recurso es el celular), pudiera subir y ver en línea sus videos. Sin mayor presupuesto, equipos de edición, o personal profesional. Sólo bastaba conectar nuestro celular, apretar el botón “subir”, y esperar. Es así que muchos videos, como La caída de Edgar, dieron la vuelta al mundo, sin mayor pretensión de su grabador, que el de verlo en una pantalla. Hoy podemos hablar de verdaderos iconos en internet del videoblog, como es el caso de werevertumorro. En el resto del continente este proceso se propagó a todos los sectores de la población, inclusive a los más marginados, como es el caso de Wendy Sulca: la niña prodigio del folklor peruano. Y que a primer “vista y oída”, a mucha gente puede resultarle de mal gusto o desafinada. Sus videos y sus canciones (entre ellas La Tetita y Cerveza cerveza), fueron y son objeto de burlas, comentarios racistas y xenofóbicos. Lo sorprendente fue que precisamente toda esta “mala publicidad”, la hizo despuntar como uno de los videos más vistos en Youtube, y que por supuesto, la lanzó a la fama internacional. El nombre de Wendy Sulca y sus canciones se empezaron a escuchar a lo largo del continente. En tan sólo unos cuantos años, pasó de la pobreza y del anonimato a ser una de las artistas más reconocidas en su país. Y hace algunos meses, Wendy junto con Delfín hasta el fin y la Tigresa del Oriente, se presentaron en el YouFest realizado en Buenos Aires, Argentina, con miras a una gira mundial. Internet, se vuelca como una fuente real de entretenimiento: accesible y democrática. No sólo para los usuarios, sino también para los creadores, artistas, músicos o productores, que en el ciberespacio encuentran una alternativa real, que más allá de gustos y preferencias, brinda la oportunidad de difundir su trabajo a una audiencia cada vez grande y permitirles, como a Wendy Sulca, sobresalir sin necesidad de los mass media tradicionales, situación que en otro tiempo hubiera sido impensable. Internet: la fuente de las posibilidades.  


Luis Martínez Vázquez


lunes, 10 de enero de 2011

A 517 años.

Hace 17 años, cámaras y micrófonos, se enfilaron a Chiapas. Específicamente a San Cristóbal de las Casas: un movimiento armado había surgido de las entrañas de la Selva Lacandona. México y el mundo eran testigos del enfrentamiento, armado y mediático,  entre un puñado de indígenas organizados y dirigidos por el conocido Sub Comandante Marcos, y que en aquel entonces se autodenomino: EZLN; y el Gobierno Mexicano. El conflicto colocó en el mapa, geográfico y moral,  las condiciones deplorables de vida de miles de ellos en nuestro país. Mientras el presidente en turno, el innombrable: Carlos Salinas,  se jactaba de estar en la antesala del primer mundo. La Declaración de la Selva Lacandona recitaba en su primera línea: “Somos producto de 500 años de luchas: primero contra la esclavitud, en la guerra de Independencia contra España encabezada por los insurgentes, después por evitar ser absorbidos por el expansionismo norteamericano…”hoy tendríamos que añadir 17 años, es decir: “Somos un producto de 517 años de luchas…” pues hasta el momento no se han concretado acuerdos, y  a cambio el gobierno ha dejado mensajes muy claros, como la Matanza de Acteal, el 22 de diciembre de 1997; la militarización de gran parte de su territorio a partir del primero de enero del 94, hasta nuestros días; y los más de 12 mil desplazados, en su mayoría, según el gobierno federal y estatal, por diferencias religiosas.  A esto tenemos que añadirle un factor, en ocasiones mucho más letal que los anteriores: el olvido. Hace años que Chiapas desapareció nuevamente del mapa, geográfico y moral de nuestras conciencias. El Alzheimer también es una enfermedad que padecen muchos pueblos y  sociedades. 
Luis Martínez Vázquez

domingo, 9 de enero de 2011

Presentación


Sin duda alguna, la experiencia de vida, o al menos así debería ser en la práctica, es un boleto de tren personal: intransferible, válido por un sólo viaje y a un sólo lugar. Con sus estaciones, sus inclemencias, e independientemente de lo que ocurra en el viaje, con su destino. Pero de una manera muy lamentable, en muchas ocasiones nos damos cuenta que nuestro boleto: o lo utilizó otra persona (mamá, papá, pareja, etc.,), o perdimos la fecha de abordaje. Y en esas ocasiones lamentamos la irremediable pérdida, y quisiéramos recuperarlo de una manera u otra. En muchas otras ni siquiera nos damos cuenta de que teníamos ese boleto. En mi caso, les comparto mi viaje, con muchas fotografías, una gran bitácora, y detalles de esta experiencia de ser un viajero: Bienvenidos. 

Luis Martínez Vázquez